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26 Mayo 2010 – Ruiz-Mateos pedirá la ejecución de los justiprecios por la expropiación de Rumasa por 2.095 millones

Por admin, Mayo 26, 2010 12:06 pm
Economía/Empresas

Ruiz-Mateos pedirá la ejecución de los justiprecios por la expropiación de Rumasa por 2.095 millones

MADRID, 26 May. (EUROPA PRESS) -

   La familia Ruiz-Mateos anunció hoy su intención de solicitar “en los próximos días” la ejecución de los justiprecios positivos por la expropiación de Rumasa, que, según afirmó, han sido “reconocidos por el Estado en sentencias firmes” y ascienden a 2.095 millones de euros, que “después de 27 años continúan pendientes de pago”.

   En un comunicado, los Ruiz-Mateos indicaron que, con independencia de la ejecución de estas sentencias, prosiguen las demandas de retasación “iniciadas en su día”, en las que la familia reclama 18.000 millones de euros.

   “Todo ello no tendría coste alguno para el erario público, ya que la solución vendría acompañada por una propuesta de un banco extranjero que además permitiría una inyección muy importante de liquidez en el sistema”, aseguraron.

   La familia Ruiz-Mateos agregó que, dada la “delicada” situación económica, está dispuesta a “prestar al Estado la cuantía que recibiera como indemnización por la expropiación, dirigida de una forma especial a los trabajadores, para fomentar la creación y el mantenimiento de los puestos de trabajo, lo que ha sido una constante desde la fundación de Rumasa”.

23 Febrero 2010 – Rumasa, 27 años después

Por admin, Febrero 23, 2010 11:27 am

23 Febrero 2010 – Rumasa, chapuza y cara

Por admin, Febrero 23, 2010 11:08 am

    

 

7 Febrero 2010 – El Aguijón de la abeja

Por admin, Febrero 7, 2010 1:24 pm

Vivir

07/02/2010

Caso Rumasa / El abogado burgalés de los Ruiz-Mateos

El aguijón de la abeja

Juan Manuel García-Gallardo encabeza desde su despacho de la plaza de la Libertad la solicitud de retasación de Rumasa, expropiada en 1983, por la que reclama al Estado 18.000 millones de euros

H. Jiménez / Burgos

José María Ruiz-Mateos se disfrazaba de Supermán para llamar la atención de los medios durante su particular cruzada contra el Gobierno socialista que expropió el imperio empresarial que dirigía. Casi 30 años después el papel de héroe, y no precisamente del cómic, lo interpreta un abogado burgalés que pelea contra el Estado una indemnización multimillonaria.
Desde su despacho de la Plaza de la Libertad, Juan Manuel García-Gallardo encabeza la solicitud de retasación de los antiguos bienes de Rumasa que de prosperar obligaría a pagar hasta 18.000 millones de euros a los Ruiz-Mateos, una auténtica fortuna que amenaza con dañar aún más las maltrechas arcas públicas.
¿Y qué hace este letrado inmerso en un caso de alcance nacional? García-Gallardo había tenido una relación profesional anterior con la familia que tiene a la abeja como símbolo de laboriosidad. Y aunque no era su abogado, hace seis años le pidieron su opinión acerca de una sentencia del Supremo sobre los justiprecios de Rumasa. Ya sabían que el Estado ni les había pagado nada ni había reservado cantidad alguna para ello, pero el letrado burgalés fue el primero que detectó la relevancia jurídica de las vías legales que se abrían ante estas dos circunstancias. A su juicio, según la Ley de Expropiación Forzosa, era posible solicitar la retasación y a ello dedica sus esfuerzos desde 2005.
A lo largo de los últimos meses varios diarios nacionales, económicos y de información general, se han hecho eco de las novedades en el caso y, citando fuentes de la familia Ruiz-Mateos, subrayan las posibilidades de prosperar de esta retasación.
Tanto es así que varios fondos de inversión, uno de ellos de procedencia árabe, se habrían interesado por los derechos económicos de la expropiación avalando las tesis de una resolución favorable a la familia y condenante para el Estado. Los 18.000 millones de euros que se barajan como indemnización darían más de un quebradero de cabeza al Gobierno. Se vería obligado incluso a buscar mecanismos para ejecutar el pago, endeudándose o generando más déficit público.
La sonada intervención estatal del ‘holding’ tuvo lugar el 23-F de 1983. En la operación se vieron afectadas sus más de 700 empresas, con un volumen de negocio estimado en 350.000 millones de pesetas y con alrededor de 65.000 empleados a su cargo.
Entre las firmas emblemáticas que pertenecían al grupo estaba Galerías Preciados, que poseía en Burgos el centro comercial situado entre las calles Moneda y Almirante Bonifaz, convertido tras la expropiación en El Corte Inglés.
Precisamente la retasación de Galerías será previsiblemente el primer caso en ser resuelto, algo que según los cálculos de García-Gallardo ocurrirá antes de seis meses, cuando emita sentencia la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Superior de Justicia de Madrid. Para el resto de las reclamaciones quizás haya que esperar un par de años.
Mientras tanto, José María Ruiz-Mateos sigue renaciendo de sus cenizas cual ave Fénix a través de Nueva Rumasa, un grupo empresarial que ya emplea a diez millares de trabajadores y que mediante campañas publicitarias en todos los medios recuerda constantemente que sigue en la brecha, ahora más que nunca.

28 Noviembre 2009 – “Cuando Guerra asesinó a Montesquieu”

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Por admin, Noviembre 28, 2009 11:45 am

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Cuando Guerra asesinó a Montesquieu

12:17 | 28 de noviembre, 2009 Enrique de Diego

La chapuza de la incautación de Rumasa disparó la corrupción y acabó con la división de poderes. El presidente del Tribunal Constitucional sufrió presiones insoportables en La Moncloa.
Madrid.- Es criterio probado que el asesino siempre vuelve al lugar del crimen. En el magnicidio de Montesquieu se confirma. Arrepentido o cínico, Alfonso Guerra declara ahora, frente a la presión mediática catalana sobre el Tribunal Constitucional, que éste “no hace política ni debe medir las consecuencias de sus fallos”. El mismo Guerra es autor del dictamen liberticida: “Montesquieu ha muerto” y el Bruto que dio las más certeras cuchilladas a la división de poderes.

El 5 de diciembre de 1983 se filtró la sentencia del Tribunal Constitucional sobre la expropiación de Rumasa.

Escándalo sobre escándalo, pues seis magistrados habían votado en contra y otros seis a favor. El empate había sido roto por el voto de calidad del presidente, Manuel García Pelayo.

El Gobierno tenía interés en dar a conocer cuanto antes una sentencia sobre cuestión que se le había convertido en terrible pesadilla y la misma filtración pretendía distraer el debate de la cuestión de fondo. El ejecutivo se escudó en la excusa peregrina de que el invento de la fotocopiadora hacía imposible determinar la fuente de una filtración, que sólo podía provenir del Gobierno o del Tribunal Constitucional. García Pelayo, la víctima colateral del terrible asesinato de Montesquieu, cuyas consecuencias aún pagamos de manera muy elevada, declaró que “una sentencia votada y firmada no puede variarse”. Nada se podía hacer. Ruiz Mateos declaraba que “toda la propiedad privada queda en el aire”.

Estricta incautación.

El 23 de febrero de 1983 el gobierno socialista se había incautado, manu militari, con un despliegue policial sin precedentes, de Rumasa. Se trataba de un holding de 700 empresas, con una plantilla superior a las 65.000 personas, y con una facturación anual superior a los 350.000 millones de pesetas de la época(más de 2.000 millones de euros).

La incautación había venido precedida por amenazantes declaraciones del vicepresidente económico, Miguel Boyer. Las razones del asalto a Rumasa son confusas y confluyen varias motivaciones. Las excusas económicas fueron: reiterada falta de auditorías externas, obstrucción a la actividad inspectora del Banco de España, desproporcionados riesgos asumidos por los bancos que financiaban internamente a las empresas del propio grupo y una política expansiva considerada imprudente.

El partido socialista acababa de acceder al poder (diez millones de votos el 28 de octubre de 1982) y la expropiación fue un ejercicio de autoritarismo, que aterrorizó a la sociedad española, aunque fue comedidamente aplaudida por la cúpula bancaria que consideraba a Ruiz Mateos un peligroso outsider.

Es muy posible que la pertenencia entonces de José María Ruiz Mateos al Opus Dei fuera determinante para un gobierno en el que Alfonso Guerra hacía ostentación de rabioso anticlericalismo, con paranoica obsesión contra La Obra, a la que situaba como el principal foco de resistencia al nuevo poder socialista.

Autoritarismo.

No había cobertura legal para la medida y todo se hizo en medio de una gran frivolidad, al amparo de las previsiones contenidas en los artículos 33.3 y 128.2 de la Constitución. Se improvisó un decreto-ley ad casum. El ejecutivo, con su todopoderoso vicepresidente, Alfonso Guerra, actuó como el gobierno de un régimen totalitario. Expropiar Rumasa implicaba –tal era la chapuza- acabar con la propiedad privada en España, someterla al capricho gubernamental.

Sólo quedaba como dique el Tribunal Constitucional y a él acudió con recurso de inconstitucionalidad, elaborado por José María Ruiz Gallardón, el grupo parlamentario de AP.

Al frente del Alto Tribunal estaba un jurista de muy reconocido prestigio, referencia del Derecho Constitucional comparado, y de fuertes credenciales democráticas. Manuel García Pelayo (1909-1991), nacido en Corrales del Vino (Zamora), licenciado en Derecho por la Complutense, había sido capitán del ejército republicano y había permanecido luego en las prisiones franquistas hasta 1941. En 1951 emigró a Argentina y de ahí a Venezuela, donde fundó el Departamento de Ciencia Política de la Universidad Central de Caracas. En 1980 el Rey le invitó a formar parte del Tribunal Constitucional, lo que representó su vuelta a España. La sentencia del caso Rumasa amargaría sus últimos años.

Presión en Moncloa.

Se trataba, pues, de un hombre incorruptible y de sólida trayectoria. Nada indicaba en su perfil que fuera el arma que el vicepresidente Alfonso Guerra utilizaría para hundirla en el corazón mismo de Montesquieu.

Empezó a saberse que el Alto Tribunal estaba muy dividido y se fue abriendo a la convicción de que todo dependería de si el presidente ejercería o no la prerrogativa del voto de calidad.

Manuel García Pelayo fue llamado a Moncloa. Acudió con el vicepresidente del Alto Tribunal, Jerónimo Arozamena. Por parte gubernamental ejercieron intensísimas presiones Felipe González y Alfonso Guerra, correspondiendo a éste el papel de poli malo, en lo que adquirió características de interrogatorio policial. El Guerra arrogante de entonces exhibió voceando las más altas y, al mismo tiempo, las más chuscas razones de Estado: de echar abajo la incautación de Rumasa, la indemnización a pagar sería multimillonaria, representaría no sólo el fin del proyecto socialista sino también la quiebra del Estado.

“Te vas a cargar el Estado y la democracia”, gritaba un exasperado y exasperante Guerra. De aquellas reuniones, que se pretendían mantener en el más absoluto secreto, informé en exclusiva gracias a lo suministrado por los escoltas de Manuel García Pelayo.

Éste había salido de Moncloa en estado de extrema agitación, muy nervioso, con lipotimia y al borde del infarto, ante una presión que se le había hecho insoportable y para la que -hombre curtido pero sensible y académico- no estaba preparado.

García Pelayo cedió. Cumplido el pedido, pasó a ser una sombra de lo que había sido. En 1986 dimitió, sin cumplir el periodo de nueve años previsto en la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional. Regresó de nuevo a Caracas en 1987, donde murió, olvidado, en 1991, tras una larga enfermedad.

La privatización de las empresas de Rumasa significó la introducción en España de la corrupción en gran escala. Además el Gobierno no quería sobresaltos como los que había pasado y reformó la Ley del Poder Judicial situando a todo el Consejo General bajo tutela de los partidos. De esa manera, la carrera judicial pasaba a ser cuestión de favor político.

La división de poderes había muerto. Nadie trató después de resucitar el cadáver de Montesquieu. Aunque los cómplices del asesinato son múltiples, no hay duda de que el sicario, el asesino directo fue Alfonso Guerra. ¡Ojalá se haya arrepentido, como parece, aunque ya es tarde!